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Crisis en el firmamento.

La Bella y la Bestia en tiempos felices.

Todo empezó con la quiebra de Lehman Brothers Holdings Inc. Después, efecto mariposa: la caída del Euro, cinco millones de parados en España, recortes sociales y la separación de Ashton Kutcher y Demi Moore. Y es que esta crisis es devastadora: nos afecta a todos. Unos la sufren en el bolsillo, otros en el corazón. El hecho es que, en cualquiera de sus modalidades, todos la padecemos.
Esta semana, el universo femenino –el de Cosmo y Manolos– ha entrado en barrena con la publicación de la separación de Heidi Klum y Seal. La top model y el cantante han puesto fin a siete años de aparente matrimonio ejemplar, un montón de embarazos bien llevados, mucha afición por los disfraces y constantes renovaciones de votos nupciales. A juzgar por el tono de desolación de los tuits de sus fans, existen, en pleno siglo XXI, miles de devotas del “hasta que la muerte nos separe”, ignorantes, aún, de que los príncipes azules no existen (¡díganselo a nuestras borbonas Infantas!).
El comunicado de Heidi y Seal coincide con los primeros efectos de la separación de Ashton y Demi, cuyo drama no ha hecho más que empezar. La escultural actriz, que encandiló a millones de adolescentes años atrás esculpiendo figuritas de barro al son de unchained melody, acaba ser hospitalizada por una descomunal ingesta de pastillas (se supone que accidental). Otro cese temporal de la convivencia que está al caer es el de Jonnhy Depp y Vanesa Paradis y, quien sabe, si, definitivamente, el de los Brangelinos. Se augura un 2012 lleno de shocks. Esperemos que el matrimonio Beckham, siempre tan mimetizado y unilateral, no se contagie de esta “crisis de las estrellas”.

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Amores 2.0

Desde la ruptura de Demi Moore y Ashton Kutcher, Twitter se ha quedado huérfano de matrimoniadas. Ellos fueron los pioneros en hacer del microbloggin’ un escaparate marital. A través de 140 caracteres exhibieron día a día su aparente relación idílica, llena de guiños en clave, fotos perfectamente espontáneas, y un sinfín de constantes muestras de amor (en realidad, no demasiado correspondido). Su separación es algo más que un costoso divorcio made in Hollywood. Es el fin de la era de los toy-boys y la muerte del Amor 2.0.

@mrskutcher y @aplusk inauguraron esta nueva modalidad de relación conyugal cuya estela ahora todos pretenden seguir (con mucha pena y poca gloria, sea dicho). Entre los más activos destacan los universales Shakira y Piqué, que oficializaron su relación vía tuit (“Les presento a mi sol. Shak”) y morirá, ténganlo por sentado, en el mismo canal, a lo Longoria (“It is with great sadness that after seven years together, Tony and I have decided to divorce”).

En la liga nacional, el nivel de pseudo-estrellas que compiten por tomar el relevo 2.0 de Demi&Ashton son lo que los Gutierrez de Benito a los Beckham: lamentables wanna-be’s de tercera regional. Kiko Rivera y Jessica Bueno, Silvia Casas y Manu Tenorio o Helen Lindes y Rudy Fernández, son algunas de las parejas autóctonas que se tuitean mensajes de enamoramiento llenos de buenas intenciones, pero de nulo interés mediático.

Sin embargo, sí existe una pareja hollywoodiense que merece un follow inminente. De hecho, existe desde hace mucho, mucho tiempo (tal vez desde los tiempos en que Demi era Moore). Los verdaderos maestros del amor 2.0 son Tori Spelling y Dean McDermott. Ellos son los más auténticos, genuinos y naturales. Exportan su vida cotidiana a la red sin aranceles. Viven el amor virtual tan frenéticamente que hasta olvidan revisar sus tuits. Vean, sino, la foto que se le coló a Dean en la que aparece su hijo haciendo monerías en primer plano y, en segundo plano, los enormes senos lactantes de la inolvidable intérprete de Donna Martin. #FF @torianddean & @Deanracer

¡Queremos YA un reality en casa de los McDermott-Spelling!

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Biografía de un adolescente.

Justin Bieber: dos años de carrera y ya es eterno.

Se llama Justin Bieber, tiene 17 años y es, según los rankings de la revista Forbes, el tercer personaje más influyente del mundo, por encima de U2 o Elton John y sólo superado por Lady Gaga y Oprah Winfrey. Cuenta con más de treinta millones de seguidores en Facebook y otros diez en Twitter. Cada opinión que emite implica un impacto incalculable en sus multitrillones de fans. Tiene documental 3D (Never Say Never), cómic y línea de esmaltes para uñas (colección “The One Less Lonely). Ha actuado en la Casa Blanca. Gana 300 millones de dólares por concierto. Shaquille O´Neal, Los Becks y el mismísimo Barack Obama han manifestado su simpatía por este pequeño Rey Midas. Bieber es a la industria musical, lo que Starbucks al café: una franquicia bien exprimida.   

A finales de enero, la editorial Libros Cúpula (Grupo Planeta), publicó “Justin Bieber. Mi historia. Primeros pasos hacia la eternidad”. El título ya es, por sí solo, de lo más revelador: la biografía autorizada de un adolescente con más autoestima que testosterona. El libro, que contiene lindezas como “si llego a hacer un diez por ciento de lo que hizo Michael Jackson por el mundo sabré que habré conseguido algo grande”, pinta ser un masaje aburrido a la figura de un pimpollo que creyóse Prince por aprender a tocar cuatro instrumentos.

¿De verdad toda vida merece ser contada? O, replanteo la pregunta: ¿la vida de un púber con apenas dos años de carrera dan para 240 páginas? A juzgar por las ventas del libro (best seller del sello según su web), diría que el fenómeno biebermanía podría ser digno de estudio en prestigiosas escuelas de marketing, pero, si hurgamos un poquillo, la cosa se queda en un bluf que no llega ni a niño prodigio.

Lo interesante de las biografías es la metamorfosis hacia la madurez (el de-niña-a-mujer). El clímax llega cuando el famoso en cuestión consigue desintoxicarse de las drogas duras tras una alocada adolescencia consecuencia de una infancia atormentada por un padre proxeneta y una madre alcohólica. Pero éste no es el caso del tierno cantante canadiense, cuya cristiana madre colgaba en YouTube las actuaciones caseras de su soon-to-be-discovered hijito.

La biografía de Bieber tendrá más gancho dentro de cinco-diez años, cuando la estrella se estrelle (porque, evidentemente, se estrellará). Entonces será ameno leer cómo cayó en el olvido a lo Macaulay, pilló anorexia en plan Olsen, enderezó su vida tipo Drew, se volvió a perder a lo LiLo, se bebió los restos de Kristen Dunst, regaló grotescos capítulos de inestabilidad emocional estilo Brit, se reinventó cuál Timberlake, recayó como Winehouse, se despechugó  a lo Miley Cyrus y salió del armario siguiendo la estela de “Yo” Ricky Martin.

A pesar de todo, si los pasos hacia la eternidad de Justin Bieber sirven para que millones de adolescentes se aficionen a la lectura, bienvenidos sean (pero no vale mirar sólo las fotos).

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Rapiditos, que hay prisa.

Y los padres bienestantes de Gerard, ¿qué pensarán de esta exhibición tan hortera?

Ahora que está tan de moda indignarse, déjenme que exhiba una pancarta de enojo por la falta de respeto de los jugadores del Barça hacia la afición culé. ¿Habrase visto celebración más descafeinada! La rúa fue demasiado sobria; los fuegos artificiales a plena luz del día, un despilfarro; la sardana, un corro de la patata; y los anhelados parlamentos, un auténtico fraude. Hablaron pocos y rápido (ni siquiera hubo mención a los campeones de handbol). Staff y jugadores no tuvieron misericordia con las miles de personas que aguardaron más de tres horas su llegada al Camp Nou. Una de dos: o estamos ante un exceso de títulos y las celebraciones les resultan cansinas, o tenían mucha prisa para fugarse a remover las nalgas con Shakira.

La cantante colombiana también fue una desconsiderada con sus seguidores, pues retrasó el inicio del concierto una hora y media de reloj esperando la llegada de los jugadores. Seguro que la demora les pareció graciosísima a sus fans pericos y merengues y a los miles de padres-acompañantes que los lunes trabajan pronto. Al salir al escenario, Shak no esbozó ni un gesto de disculpa ante sus fans, que, cansados de tanto retraso chorra, habían entonado algunos “fuera fuera” y “pur qués” mourinheros. Y aún hay más: a la señora Piqué  le pareció acertado invitar a subir al escenario a su novio y compañeros. En una escena propia de animadora de Costa Cruceros, Shakira enseñó a remover los glúteos a Xavi, Villa, Pedrito, Busquets, Bojan y, por supuesto, a Su Sol.

Lo de Piqué y Shakira se les ha ido de las manos. Una cosa es hacer con su vida amorosa tanto circo como les plazca; y la otra, faltar al respeto a sus fans. No me malinterpreten: ¡adoro las locuras por amor de las celebrities! Me entusiasman las polibodas de Heidi y Seal, los tatoos de Melanie loves Antonio y la mimetización de David y Victoria. Se trata, no obstante, de excentricidades en pareja que no implican a nadie. Las ñoñerías de Piqué y Shakira, que sí trascienden al entorno profesional,  huelen más a John, Yoko y la disolución de los Beatles.

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Los Bardelinos.

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Gran “exclusiva” de ¡Hola! con fotos de archivo.

“Valoramos nuestra privacidad. Para nosotros es difícil aparecer en público aun cuando estamos acostumbrados a estar bajo mucha atención en España”, declaró hace pocas semanas un Javier Bardem pre-papá a la prensa norteamericana. Y añadió ”no somos Angelina Jolie y Brad Pitt.

En su afán por preservar esta privacidad que tanto afirman codiciar, el comportamiento de Penélope Cruz y Javier Bardem resulta cada día más ridículo. Si tanto desean ser tratados como gente corriente y pasar desapercibidos, ¿por qué no actúan como personas normales y dejan de montar penosos numeritos de pueblerinos venidos a más? ¿A qué viene este espectáculo de parir en el Cedars-Sinaí de Beberly Hills? ¿Qué es esa tontería de no revelar el sexo del bebé? ¿Y lo de contratar a un ejército de seguridad privada para la salida del hospital de Pe? ¿Sacarán al bebé vestido de fantasma como los malogrados hijos de Michael Jackson? ¿No sería más fácil hacerse la foto de rigor ante todos los medios e irse a casa tan tranquilos? ¿Y para qué demonios necesita el niño nacionalidad yanki si sus padres (y abuelos) son más castizos que la las castañuelas? Qué ganas de dar la nota… Ni siquiera los Becks se comportan con tanta vanidad.

Son ellos, sólo ellos, los que han generado este circo que les envuelve desde que iniciaran su tan hermético noviazgo. No ha habido nada “normal” en esta relación: un posado-robado en las Maldivas que confirmó su idilio en ¡Hola!; una lamentable llegada a la Gala de Los Premios Goya por separado; una boda secreta en las Bahamas (¡de lo más corriente!); ataques a la prensa española a través medios yankis; o una repentina confesión pública en el Festival de Cannes “Comparto esta alegría con mi amiga, mi compañera y mi amor, Penélope: te debo muchas cosas y te quiero mucho”. Muy cutre. Entre esto y ponerse a saltar en el sofá de Oprah no hay mucha diferencia.

No es necesario que Bardem vaya por los puestos proclamando que no son los Brangelina. Es evidente que ni por asomo se parecen. Pitt y Jolie tienen algo de lo que ellos carecen: ¡glamour!. Digamos que, entre otras cosas, hay un abismo entre el look desaliñado y marihuanero del Brad Pitt más hardcore y la guarrería cotidiana de Javier Bardem.

Lo de Penélope y Javier se acerca más al rollito estrella-hollywoodiense-que-vive-en-una-película-y-ha-perdido-todo-contacto-con-el-mundo-real. Lo suyo es, pues, más tipo Tom Cruise (ex-bf de Pe). Me pregunto cuánto tardarán los Bardelinos en hacer de su hijo la versión masculina de Suri,  tirarse al rollo de la Cienciología o si ya se habrán zampado un cacho de la placenta del bebé.

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