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La movida de Leticia.

Leticia Sabater sigue con mucha marcha desde 1996.

Poco le ha durado el reinado a Irene como Miss Huracán Estival. Este verano, la aparición de Leticia Sabater en el programa Otra Movida de Florentino Fernández (Neox) ha sido lo más devastador de la televisión. Más sorprendente que Rosa Benito achantado a su marido en directo (Supervivientes). Más dramático que el descompasado playback “Nachopolízate de Víctor Sandoval (Sálvame). Incluso más impactante que la felación de Antonio Canales a su novio en Sitges (DEC). Lo de la marchosa presentadora ha sido un ciclón que pilló por sorpresa a los propios presentadores del programa.

La ex-animadora infantil saltó al plató aceleradísima, disfrazada con un mirco-short a ras de lo permitido en horario protegido. Se colgó como un koala de la barriga de Flo. Cantó sobre la mesa. Enseñó culo. Desplegó cirugía. Meneó el postizo-de-Lucrecia. Se avalanchó sobre Dani Martínez (que espetó un seco “¡eh!¡sin tocar!”). Explicó chistes. Compuso un pareado. Buscó quorum con un público que no respondió a ninguna de sus frases “célebres”. Y bromeó –dos veces- con el embarazoso affaire Canales. Nadie le rió la poca gracia, pero a ella no le importó.

Ésa es la “grandeza” de esta señora: su colosal autoestima. Es inoportuna, cargante, desmesurada, penosa y todo lo contrario a graciosa. Pero a ella le da igual porque está encantada de haberse conocido. Derrocha más amor propio que Aída Nízar. Se viste de Samantha Fox, aunque brote un antiestético flotador de su tripa. Se siente sexy. Se cree chistosa. Se tiene por inteligente. Se cree poseedora de una carrera brillante. Se mofa de la Obregón: “¡Yo no soy bióloga!” (sic). Piensa que es un hito histórico de nuestro país. Se proclama artista multidisciplinar con capacidad para hacer de todo y presume de grandes audiencias. De lo primero ni idea, pero de lo segundo, está claro que sí: el martes consiguió ser TT mundial en Twitter.

Al final resultará que Felipe se equivocó de Letizia…

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Pasajeros de altos vuelos.

Nacho Polo luce kit completo en Barajas: gorra, sunglasses, maletas logomanía e iPhone. Creyóse tan VIP que hasta solició protección policial (OMG!)

Los aeropuertos transforman a las personas; o, corrijo, las personas se transforman en los aeropuertos. Si se fijan bien, cuando la gente entra en una terminal sufre una mutación esperpéntica, como si, de pronto, se convirtiera en estrella del rock’n’roll. Incluso osaría afirmar que hay individuos que pronostican con antelación la muda que lucirán este verano en la puerta de embarque.

He observado que existe una especie de código deontológico entre viajeros. Son pautas de comportamiento secretas. Nadie habla de ellas. No están escritas en ningún manual. Nadie las transmite de generación en generación. Pero todos los usuarios las han interiorizado. Sus uniformes les delatan: grandes gafas de sol (en un recinto cerrado), gorras de béisbol o de cowboy (aunque su destino no sea, ni por asomo, Dallas), maquillaje circense o tacones de vértigo (incluso si viajan de Barcelona a Menorca) son algunos de sus complementos predilectos. No los visten a diario, en su pueblo natal; sólo se los calzan para ir al aeropuerto.

Con tantos adornos y condecoraciones, las colas en los puntos de control devienen quilométricas. Mientras unos resoplan, zapatos en mano, a la espera de su turno, otros paralizan la hilera despojándose de sus múltiples enseres de hojalata, montando el numerito entre execrables risitas y jactándose de ser el centro de atención.

En la mayoría de los casos se trata de gente corriente. Gente normalísima, como tú o como yo, cuyos menesteres invernales carecen por completo del glamour que pretenden emanar sus mudas estivales. Son decoradores, comerciales, periodistas u oficinistas que, a juzgar por la incesante vibración del móvil, en su período vacacional andan de lo más ajetreados. De hecho, sus asuntos son de tal vitalidad, que precisan encender el smartphone nada más aterrizar, seat belt still fastened

En los ochenta, cuando aún existían castas, esquiar y viajar eran cosas de ricachones. A principios del S.XXI, con el boom del ladrillo y la proliferación de la cultura “¡yupi!-yo-también-soy-rico”, el esquí, el tenis y el golf se democratizaron, dejando al polo como único deporte exclusivo de la jetset. Pero viajar, a pesar de popularizarse, ha logrado mantener una absurda esencia VIP. ¿Será por eso que la gente se disfraza de famoso para ir al aeropuerto?

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