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¡Brava, Cayetana!

Ella es la modernidad.

“Porque la más moderna, en el fondo, soy yo”. No, no es Lady Gaga. Es Cayetana Fitz-James Stuart, categórica y natural ante los micrófonos de Gente (TVE). Es la Duquesa de Alba. La misma que ostenta la cifra récord de 46 títulos nobiliarios. La misma que posee un patrimonio personal estimado en 1.000 millones de euros. La misma que a los ochenta y cinco años contraerá matrimonio en terceras nupcias con el funcionario Alfonso Díez Carabantes el próximo 5 de octubre.

Razón no le falta: ella es la más moderna, en el fondo y en la forma. Ninguno de los estilismos imposibles de la Gaga supera, ni de lejos, la transgresión de esta octogenaria mujer que siempre ha hecho lo que le ha venido en gana, le pese a quien le pese. Ella es el claro ejemplo de que la modernidad no consiste en pasearse por los puestos disfrazada de filete de carne, sino que, hoy en día, lo verdaderamente revolucionario es ser uno mismo, tengas la edad que tengas. Ser moderno es una cuestión de actitud, estilo, personalidad, carácter, modus vivendi; es ser honesto con uno mismo y tenerlos bien cuadrados.

Muchos criticarán esta “repentina” boda, pero lo cierto es que de fortuita no tiene nada. Ella tenía claro que, tarde o temprano, iba a hacerlo. Así que resulta curioso que planeen tantas dudas sobre este matrimonio teniendo en cuenta que la herencia ya está repartida, que en sus antiguos matrimonios ha regentado el amor y que jamás se ha divorciado (siempre ha enviudado, a diferencia de los fracasos conyugales de sus hijos). A juzgar por la vitalidad de esta entrañable mujer, ¿por qué no iba alguien a enamorarse de ella? Y no me remitan a cuestiones físicas, porque más desagradable es acostarse con un playboy sesentón del calibre de Flavio Briatore y nadie dice nada de Naomi Campbell, Heidi Klum, Adriana Volpe y Elisabetta Gregoraci

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Biografía de un adolescente.

Justin Bieber: dos años de carrera y ya es eterno.

Se llama Justin Bieber, tiene 17 años y es, según los rankings de la revista Forbes, el tercer personaje más influyente del mundo, por encima de U2 o Elton John y sólo superado por Lady Gaga y Oprah Winfrey. Cuenta con más de treinta millones de seguidores en Facebook y otros diez en Twitter. Cada opinión que emite implica un impacto incalculable en sus multitrillones de fans. Tiene documental 3D (Never Say Never), cómic y línea de esmaltes para uñas (colección “The One Less Lonely). Ha actuado en la Casa Blanca. Gana 300 millones de dólares por concierto. Shaquille O´Neal, Los Becks y el mismísimo Barack Obama han manifestado su simpatía por este pequeño Rey Midas. Bieber es a la industria musical, lo que Starbucks al café: una franquicia bien exprimida.   

A finales de enero, la editorial Libros Cúpula (Grupo Planeta), publicó “Justin Bieber. Mi historia. Primeros pasos hacia la eternidad”. El título ya es, por sí solo, de lo más revelador: la biografía autorizada de un adolescente con más autoestima que testosterona. El libro, que contiene lindezas como “si llego a hacer un diez por ciento de lo que hizo Michael Jackson por el mundo sabré que habré conseguido algo grande”, pinta ser un masaje aburrido a la figura de un pimpollo que creyóse Prince por aprender a tocar cuatro instrumentos.

¿De verdad toda vida merece ser contada? O, replanteo la pregunta: ¿la vida de un púber con apenas dos años de carrera dan para 240 páginas? A juzgar por las ventas del libro (best seller del sello según su web), diría que el fenómeno biebermanía podría ser digno de estudio en prestigiosas escuelas de marketing, pero, si hurgamos un poquillo, la cosa se queda en un bluf que no llega ni a niño prodigio.

Lo interesante de las biografías es la metamorfosis hacia la madurez (el de-niña-a-mujer). El clímax llega cuando el famoso en cuestión consigue desintoxicarse de las drogas duras tras una alocada adolescencia consecuencia de una infancia atormentada por un padre proxeneta y una madre alcohólica. Pero éste no es el caso del tierno cantante canadiense, cuya cristiana madre colgaba en YouTube las actuaciones caseras de su soon-to-be-discovered hijito.

La biografía de Bieber tendrá más gancho dentro de cinco-diez años, cuando la estrella se estrelle (porque, evidentemente, se estrellará). Entonces será ameno leer cómo cayó en el olvido a lo Macaulay, pilló anorexia en plan Olsen, enderezó su vida tipo Drew, se volvió a perder a lo LiLo, se bebió los restos de Kristen Dunst, regaló grotescos capítulos de inestabilidad emocional estilo Brit, se reinventó cuál Timberlake, recayó como Winehouse, se despechugó  a lo Miley Cyrus y salió del armario siguiendo la estela de “Yo” Ricky Martin.

A pesar de todo, si los pasos hacia la eternidad de Justin Bieber sirven para que millones de adolescentes se aficionen a la lectura, bienvenidos sean (pero no vale mirar sólo las fotos).

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