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El peligro del logo.

Un cocodrilo demasiado reconocible.

Publica el periódico escandinavo Dagbladet, que Lacoste ha solicitado a la policía noruega que retire las imágenes en las que de Anders Behring Breivik, el psicópata de Oslo que asesinó a 96 personas este verano en la isla de Utoya, aparece vistiendo un jersey rojo con su archiconocido cocodrilo. La casa  francesa ha confirmado la caída de ventas y deterioro de su imagen tras la publicación de dichas fotografías. Por desgracia para los galos, el perturbado homicida es un fanático obsesionado de la marca. Tanto es así, que hasta la menciona en su manifiesto público “2083”, donde dice que vestir polos Lacoste le da el aspecto de “europeo bien educado de tendencia conservadora”.

Como ya le ocurrió hace unos días a Abercrombie & Fitch con Mike The Situation Sorrentino (Jersey Shore, MTV), los “famosos” anti-imagen son el cáncer de las marcas. La asociación de personajes del calibre de Breivik, Sorrentino o, sin ir más lejos, Belén Esteban, con ciertas marcas puede significar la bancarrota para la empresa. De poco sirve tanta inversión publicitaria para alcanzar el posicionamiento de mercado deseado si un monstruo, un poligonero o una deslenguada deciden endosarse tu logo.

Tiene guasa pensar que durante años las marcas se han peleado por vestir a las celebrities no sólo en las alfombras rojas de Cannes o el Kodak Theatre, sino también inundándolas con reconocibles prendas para su daily look. Visto que actualmente están teniendo más repercusión los “famosos pop-up” que las celebrities glamurosas, los marketing y product managers deberían replantear sus estrategias acerca de la fragilidad del branding y, sobre todo, del peligro de la logomanía. Bienaventurada será la marca que logre captar adeptos sin necesidad de logos ni estampados reconocibles.

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Celebrities anti-imagen.

Jessica Biel sí; Reese Witherspoon, sí; Mike Sorrentino, NO.

¿Alguna vez les ha ocurrido que, en la cola de Zara, han decidido plantar una blusa en el mostrador al comprobar que la chabacana de delante había elegido la misma prenda? Eso, a gran escala, es lo que quiere evitar la marca americana Abercrombie & Fitch. La firma, que invierte millones de dólares en proyectar una imagen de high apparel y truly American lifestyle para jóvenes adinerados, ha optado por pagar a uno de los protagonistas del programa Jersey Shore (Mtv) para que deje de vestir sus prendas. En opinión de la compañía: “la asociación del señor Sorrentino con nuestra marca es muy perjudicial para nuestra imagen”.

Mike “The Situation” Sorrentino es uno de los ocho participantes de este reality show basado en la convivencia de un grupo de jóvenes malhablados, en su mayoría italoamericanos, devotos del sexo, la fiesta y el alcohol. El mensaje que emite Sorrentino es, por consiguiente, más cercano al del poligonero común que al de los pipiolos con torso descubierto que la marca recluta para dar la bienvenida en sus flagship stores.

Hasta la fecha, se habían visto casos de diseñadores que huían de ciertos famosos (véase Belén Esteban y su vestido de novia), pero lo de Abercrombie & Fitch plantea un nuevo concepto en los budgets de marketing: la inversión en anti-branding, cuya máxima llegará el día en el que la marca pague a la “celebrity-anti-imagen” para que vista ropa de la competencia (con grandes y visibles logos, a ser posible).

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Chinchetas en los ojos.

Si las faltas de ortografía se multaran, las arcas del Estado reventarían.

Una de las pegas las redes sociales es que ponen de manifiesto el nivel cultural de sus usuarios. La comunicación interpersonal de antaño se ha trasladado a los muros y perfiles públicos de Facebook y Twitter, las vidas se han despojado de privacidad y la escritura se ha convertido en el principal método de expresión. Teniendo en cuenta que escribir es más costoso que charlar, nunca antes había sido tan fácil quedar como un completo analfabeto.

La desidia por la expresión escrita de nuestros jóvenes anónimos, hijos de la cultura audiovisual y nietos de la inmediatez, nos desternilla, frustra y escandaliza. Sus Messengers y sus muros en Facebook son auténticos jeroglíficos imposibles de descifrar; coleccionan faltas de ortografía, prescinden de puntuación, muestran frases quilométricas y desconocen la existencia de esa pequeña astilla llamada tilde. Su dejadez está clara, pero ¿qué me dicen del nivel de escritura de las celebrities españolas?

Si se dan un garbeo por Twitter, se ruborizarán ante la calidad ortotipográfica de cantantes, deportistas y personajes televisivos. A grandes rasgos, observarán bochornosas confusiones entre haber vs. a ver, anarquía de ges y jotas, desconcierto con el verbo echar y un grave problema en el uso de los imperativos. Para Belén Esteban, Leticia Sabater y Guti las haches son invisibles; Bustamante no diferencia por qué de porque mientras Hecha de menos a su gente; la cantante Najwa Nimri poetiza con reYnos de furia; Sergio Ramos va coJiendo el ritmo; Dani Martín y Rafa Mora no saben usar los imperativos; y Elsa Anka es la Terminator de la RAE: escribe como una adolescente, ha vuelto a la etapa toi, suelta zetas delante de e (actriZes) y es muy espaVilada.

Leer los tuits de nuestros famosos es como ver un reality. Duelen a la vista, pero reafirman nuestra humilde existencia. Su necedad nos engrandece. Aún así, no estaría mal que este verano echasen (sin hache) un vistazo a los cuadernos Santillana de sus hijos y que en el próximo curso dejaran de clavarnos chinchetas en los ojos.

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Peñafieles por un día.

¡Que se besen! ¡Que se besen!

Con permiso de Karl Marx, el opio del pueblo ya no es la religión, sino los grandes acontecimientos. Y, al parecer, esta semana andamos de lo más sedados. Si el miércoles los porqués de José Mourihno monopolizaban nuestra ira, hoy ha sido la #RoyalWedding de Prince William of Wales & Miss Catherine Middleton lo que ha anestesiado a 2.000 millones de personas (que no son pocas). Enganchados al televisor e Internet, durante unas horas hemos olvidado nuestras frustraciones cotidianas y nos hemos recreado haciendo de espontáneos locutores expertos en la materia.

Desde primera hora de la mañana, Twitter se ha colapsado de comentaristas reales. Los había de todo tipo. Técnicos en protocolo señalaban la vulgaridad de las furgonetas estilo Alsina Graells que trasladaban a las familias reales. Los republicanos calculaban el presupuesto nupcial. Los jardineros se preguntaban cómo han germinado árboles dentro de una iglesia. Entendidos estilistas encontraban parecidos razonables entre el Alexander McQueen de Catarina y el Corte Inglés de Belén Esteban. Fans de los Grimaldi reclamaban la presencia Ducruet y Hannover. Alcohólicos anónimos se solidarizaban con la resaca del Príncipe Enrique. Peñafielistas rajaban a Doña Letizia. Los malroyeros buscaban a Mohamed Al-Fayed entre los invitados. Los salidos fantaseaban con Pippa Middleton. Y una tal Elisabeth Windsor @Queen_UK nos informaba sobre el estado del banquete: “Gin cocktails and cheese straws all round”.

Hoy, los colaboradores de AR, Susana Griso, Mariló Montero, Marta Fernández, Curri Valenzuela y Josep Cuní han tenido durísimos competidores. Hoy, los tertulianos anónimos, con sus agudísimos aguijones, han ganado la batalla a los anodinos “periodistas” que desfilaban por los platós soltando comentarios de lo más insípidos. Hoy, todos hemos sido entrenadores.

Estoy ansiosa por seguir el bodorrio de Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock del próximo 3 de julio...

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