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En el Museo de Cera de Madrid los Borbones se están quedando solos.

En el Museo de Cera de Madrid los Borbones se están quedando solos.

El mundo del deporte anda calentito por culpa de un filete. La sanción de dos años de suspensión a Alberto Contador por la supuesta ingesta de un solomillo “adulterado” ha exaltado sobremanera el ambiente. Encima, la mofa de los guiñoles franceses ha avivado una espontánea reacción todos-a-una de apoyo incondicional al ciclista. En las redes sociales, pesos pesados del deporte como Rafa Nadal, Pau Gasol o el anodino Sergio Ramos ponen una y dos manos en las brasas por la inocencia de Contador.

Con tanta hermandad, parece que el gremio del deporte esté más colegiado que el de la medicina. Sin embargo, no sucede lo mismo en la cofradía monárquica. Allí reina el sálvese-quien-pueda. El pobre (por decir algo) Iñaki Urdangarín solo ha contado con el respaldo de su mujer, mártir de Cupido. Todos sus examigos, compañeros, conocidos y saludados han hecho un mutis i a la gàbia seguido de un si-te-he-visto-no-me-acuerdo.

Francamente, me esperaba más de Don Jaime de Marichalar, trendsetter en cuestiones de desahucio borbónico. Tal y como hicieran las hermanas Hilton con sus camisetas “Team Jolie” (Paris) vs. “Team Aniston” (Nicky), me hubiera gustado ver al exDuque de Lugo, siempre tan a la última, lucir una t-shirt con el emblema “Team Repudiados”. ¿Contraatacaría doña Letizia con un tank top “Team Borbones”?

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¡Brava, Cayetana!

Ella es la modernidad.

“Porque la más moderna, en el fondo, soy yo”. No, no es Lady Gaga. Es Cayetana Fitz-James Stuart, categórica y natural ante los micrófonos de Gente (TVE). Es la Duquesa de Alba. La misma que ostenta la cifra récord de 46 títulos nobiliarios. La misma que posee un patrimonio personal estimado en 1.000 millones de euros. La misma que a los ochenta y cinco años contraerá matrimonio en terceras nupcias con el funcionario Alfonso Díez Carabantes el próximo 5 de octubre.

Razón no le falta: ella es la más moderna, en el fondo y en la forma. Ninguno de los estilismos imposibles de la Gaga supera, ni de lejos, la transgresión de esta octogenaria mujer que siempre ha hecho lo que le ha venido en gana, le pese a quien le pese. Ella es el claro ejemplo de que la modernidad no consiste en pasearse por los puestos disfrazada de filete de carne, sino que, hoy en día, lo verdaderamente revolucionario es ser uno mismo, tengas la edad que tengas. Ser moderno es una cuestión de actitud, estilo, personalidad, carácter, modus vivendi; es ser honesto con uno mismo y tenerlos bien cuadrados.

Muchos criticarán esta “repentina” boda, pero lo cierto es que de fortuita no tiene nada. Ella tenía claro que, tarde o temprano, iba a hacerlo. Así que resulta curioso que planeen tantas dudas sobre este matrimonio teniendo en cuenta que la herencia ya está repartida, que en sus antiguos matrimonios ha regentado el amor y que jamás se ha divorciado (siempre ha enviudado, a diferencia de los fracasos conyugales de sus hijos). A juzgar por la vitalidad de esta entrañable mujer, ¿por qué no iba alguien a enamorarse de ella? Y no me remitan a cuestiones físicas, porque más desagradable es acostarse con un playboy sesentón del calibre de Flavio Briatore y nadie dice nada de Naomi Campbell, Heidi Klum, Adriana Volpe y Elisabetta Gregoraci

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Lágrimas reales.

¡Habráse visto novio más enamorado! Menudo malrollito... ¿Tú no llorarías?

Cuando se estrenó Una Proposición Indecente (1993), Danny DeVito dijo “cualquier persona aceptaría un millón de dólares por pasar una noche con Robert Redford. La cuestión es si lo aceptarían por pasarla conmigo”. Algo parecido ha ocurrido en el Principado de Mónaco, aquél que fuera tan chic en tiempos de Grace & Rainiero y en el que hoy regenta la mofa. Ante la propuesta de convertirse en princesa, heredar el trono de los Grimaldi, presidir el Baile de la Rosa, asistir al Grand Prix de F1 y, en general, dejar de trabajar y dedicarse a curar el sida, cualquier chica se lanzaría a los brazos de un príncipe. La cuestión es si lo harían en los de Alberto II.

Después de picotear por las flores de Claudia Schiffer, Brooke Shields, Naomi Campbell, Sharon Stone y hasta quien sabe si Anita Obregón, a sus lozanos 53 años el Príncipe Alberto ha elegido –presuntamente- a Charlene Wittstock para contraer matrimonio. La puesta en escena ha sido pluscuamperfecta: vestido blanquísimo de Armani ella; traje blanco Love Boat él; invitados de copete; recorrido en Lexus descapotable; carísimos fuegos artificiales; tarta nupcial a lo Torres Petronas; baile con mirror dance floor; y más aires de Caesars Palace que de Abadía de Westminster. Pero el comité de fiestas olvidó lo más importante: encargar una novia feliz.

La posible fuga de Charlene horas antes de la boda, las supuestas multipaternidades de él o el contrato prenupcial que la obliga a permanecer como mínimo cinco años casada con Alberto y darle un heredero son meros rumores que apenas empeoran una evidencia: la de que éste es un matrimonio acordado. Ni siquiera los novios pueden disimular su falta de complicidad. O ¿algún ingenuo cree que las lágrimas de Charlene en la Capilla de Santa Devota corresponden a un sentimiento de felicidad?

Esta boda era exactamente lo que necesitaba Mónaco: un chute de glamur para perpetuar la vidorra de Carolina, Alberto, Estefanía y todos sus eruditos secuaces. Lamentablemente, todo apunta a que este triste matrimonio de postal acabará en desdicha para ambos contrayentes y con toda probabilidad creará una nueva Lady Diana Spencer. Esperemos que el cuento de hadas de la Sirena Dorada acabe mejor.

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De cuerpo presente.

Momentazo "saludo real" en el telefilm "Felipe y Letizia". Tan igualitos a los originales que parecen réplicas de cera.

En la tele, como en la vida misma, las modas se acontecen en bloque. Tras la saturación de gladiadores (“Roma”, “Spartacus”, “Hispania”…), ahora toca un fascículo mucho más ameno: los biopics. Entramos en la etapa más desternillante de la televisión desde que desapareciera Benny Hill.

Divididas en tres subgéneros, las miniseries biográficas de nuestros grandes iconos se ordenan por: 1) monarquía, 2) folclore, 3) payasos.

El producto pionero que encabezó esta new wave fue Felipe y Letizia” (Telecinco). Con un notable 20,7% de share, se convirtió -sin pretenderlo- en la serie de humor más comentada en Twitter. Según declaró el experto Peñafiel, la tv movie “retrata a la Princesa tal y como es: ególatra y soberbia”. Con “Felipe y Letizia” constatamos cuánta mala leche pueden llegar a tener los guionistas y descubrimos la habilidad de Juanjo Puigcorbé para inventar un extraño acento Borbón. Su interpretación de Juan Carlos I fue tan loada, que repitió papel enSofía” (Antena 3).

De la combinación de sangre noble y sangre diestra han surgido, también, jocosos purés televisivos: Alfonso de Borbón (“Alfonso, el príncipe maldito”), Cayetana Fitz-James Stuart (La Duquesa), Francisco Rivera (Paquirri), Carmen Cervera (“La baronesa”), Carmen Ordóñez (Carmina), Raphael (Yo sigo siendo aquel), Rocío Durcal… Pero a nivel tonadilleras, la chicha se la disputan Pantoja y Jurado. ¡La copla está que arde! Antena 3 parte con ventaja: “Hoy quiero confesar” tiene recursos muy potentes (Encarna Sánchez, María del Monte, Cachuli, Alhaurín de la Torre, Pollo-a-la-Pantoja, Dientes-Dientes, …) + su tv-movie de la Más Grande de España puede petar el share según lo que acontezca estos días en el Hospital Virgen Macarena. El oportunismo resulta atroz.

De ser así, Telecinco, líder en exprimir cada producto hasta la última gota, ya prepara su revancha: Mario Conde: el biopic. Igual que El Vaquilla, el espiritual banquero tendrá biografía audiovisual. Cualquier día de estos, los de Vasile, a fondo y sin freno, se atreven a airear trapitos sucios en un spin off sobre Jaime de Marichalar.

En cualquier caso, la mayoría de estas mini-series se están rodando con el protagonista de cuerpo presente. En lugar de ser “homenajes” post mortem, resultan bochornosas parodias de personajes que, visto el resultado, hubieran preferido no presenciar semejante bufonada. No es de extrañar que el Rey Juan Carlos I  se “indigne” ante tantas contínuas muestras de decapitación.

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Peñafieles por un día.

¡Que se besen! ¡Que se besen!

Con permiso de Karl Marx, el opio del pueblo ya no es la religión, sino los grandes acontecimientos. Y, al parecer, esta semana andamos de lo más sedados. Si el miércoles los porqués de José Mourihno monopolizaban nuestra ira, hoy ha sido la #RoyalWedding de Prince William of Wales & Miss Catherine Middleton lo que ha anestesiado a 2.000 millones de personas (que no son pocas). Enganchados al televisor e Internet, durante unas horas hemos olvidado nuestras frustraciones cotidianas y nos hemos recreado haciendo de espontáneos locutores expertos en la materia.

Desde primera hora de la mañana, Twitter se ha colapsado de comentaristas reales. Los había de todo tipo. Técnicos en protocolo señalaban la vulgaridad de las furgonetas estilo Alsina Graells que trasladaban a las familias reales. Los republicanos calculaban el presupuesto nupcial. Los jardineros se preguntaban cómo han germinado árboles dentro de una iglesia. Entendidos estilistas encontraban parecidos razonables entre el Alexander McQueen de Catarina y el Corte Inglés de Belén Esteban. Fans de los Grimaldi reclamaban la presencia Ducruet y Hannover. Alcohólicos anónimos se solidarizaban con la resaca del Príncipe Enrique. Peñafielistas rajaban a Doña Letizia. Los malroyeros buscaban a Mohamed Al-Fayed entre los invitados. Los salidos fantaseaban con Pippa Middleton. Y una tal Elisabeth Windsor @Queen_UK nos informaba sobre el estado del banquete: “Gin cocktails and cheese straws all round”.

Hoy, los colaboradores de AR, Susana Griso, Mariló Montero, Marta Fernández, Curri Valenzuela y Josep Cuní han tenido durísimos competidores. Hoy, los tertulianos anónimos, con sus agudísimos aguijones, han ganado la batalla a los anodinos “periodistas” que desfilaban por los platós soltando comentarios de lo más insípidos. Hoy, todos hemos sido entrenadores.

Estoy ansiosa por seguir el bodorrio de Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock del próximo 3 de julio...

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