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¡Dallas!

En todas las familias se cuecen habas.

En todas las familias se cuecen habas.

Todo vuelve. Ya lo dijo Nietzsche en su teoría del eterno retorno. Volvieron las mallas con nombre de leggins, las camping en versión Vans y el circo en forma de tele. Vivimos en un continuo flujo de regresiones al pasado. Y la última tendencia que resucita es: el  melodrama familiar.

Los que apenas recordamos la sintonía de Dallas estamos de enhorabuena. En los ochenta éramos demasiado inocentes para entender las maldades de los Ewing en su rancho Southfork, pero ahora tenemos la oportunidad de disfrutar de las trifulcas domésticas de ricachones de carne y hueso como los Thyssen, Borbón, Rivera, la Casa Alba y, recientemente, mis dos conflictos favoritos: los Llongueras y los Sánchez Vicario.

El caso del peluquero transcurrió entre la humillación y el chiste. Su primogénita lo despidió vía burofax y el estilista tuvo que desayunar acompañado de titulares tipo A Llongueras le toman el pelo (que no por fáciles dejan de ser graciosos).

A diferencia de las sagas de segunda regional (léase Mohedano, Pajares, Cristo, Dúrcal, etc. que alargan el drama más que el chicle), la reyerta de los Sánchez Vicario no irá para largo. El cruce de acusaciones entre la pobre niña rica víctima de la ambición materna (“mis padres me han anulado”, sic) y sus acomodados progenitores (“está claro que fracasamos con ella”, Marisa Vicario dixit) no cambiará el destino de nadie. Ni siquiera el de sus protagonistas. El follón se apaciguará a medida que aminoren las ventas del libro Arantxa ¡Vamos! Es decir, en un par de semanas a lo sumo. Después, nada. Como el sueño de Pamela Ewing.

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Biografía de un adolescente.

Justin Bieber: dos años de carrera y ya es eterno.

Se llama Justin Bieber, tiene 17 años y es, según los rankings de la revista Forbes, el tercer personaje más influyente del mundo, por encima de U2 o Elton John y sólo superado por Lady Gaga y Oprah Winfrey. Cuenta con más de treinta millones de seguidores en Facebook y otros diez en Twitter. Cada opinión que emite implica un impacto incalculable en sus multitrillones de fans. Tiene documental 3D (Never Say Never), cómic y línea de esmaltes para uñas (colección “The One Less Lonely). Ha actuado en la Casa Blanca. Gana 300 millones de dólares por concierto. Shaquille O´Neal, Los Becks y el mismísimo Barack Obama han manifestado su simpatía por este pequeño Rey Midas. Bieber es a la industria musical, lo que Starbucks al café: una franquicia bien exprimida.   

A finales de enero, la editorial Libros Cúpula (Grupo Planeta), publicó “Justin Bieber. Mi historia. Primeros pasos hacia la eternidad”. El título ya es, por sí solo, de lo más revelador: la biografía autorizada de un adolescente con más autoestima que testosterona. El libro, que contiene lindezas como “si llego a hacer un diez por ciento de lo que hizo Michael Jackson por el mundo sabré que habré conseguido algo grande”, pinta ser un masaje aburrido a la figura de un pimpollo que creyóse Prince por aprender a tocar cuatro instrumentos.

¿De verdad toda vida merece ser contada? O, replanteo la pregunta: ¿la vida de un púber con apenas dos años de carrera dan para 240 páginas? A juzgar por las ventas del libro (best seller del sello según su web), diría que el fenómeno biebermanía podría ser digno de estudio en prestigiosas escuelas de marketing, pero, si hurgamos un poquillo, la cosa se queda en un bluf que no llega ni a niño prodigio.

Lo interesante de las biografías es la metamorfosis hacia la madurez (el de-niña-a-mujer). El clímax llega cuando el famoso en cuestión consigue desintoxicarse de las drogas duras tras una alocada adolescencia consecuencia de una infancia atormentada por un padre proxeneta y una madre alcohólica. Pero éste no es el caso del tierno cantante canadiense, cuya cristiana madre colgaba en YouTube las actuaciones caseras de su soon-to-be-discovered hijito.

La biografía de Bieber tendrá más gancho dentro de cinco-diez años, cuando la estrella se estrelle (porque, evidentemente, se estrellará). Entonces será ameno leer cómo cayó en el olvido a lo Macaulay, pilló anorexia en plan Olsen, enderezó su vida tipo Drew, se volvió a perder a lo LiLo, se bebió los restos de Kristen Dunst, regaló grotescos capítulos de inestabilidad emocional estilo Brit, se reinventó cuál Timberlake, recayó como Winehouse, se despechugó  a lo Miley Cyrus y salió del armario siguiendo la estela de “Yo” Ricky Martin.

A pesar de todo, si los pasos hacia la eternidad de Justin Bieber sirven para que millones de adolescentes se aficionen a la lectura, bienvenidos sean (pero no vale mirar sólo las fotos).

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