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Robados rentables.

Lo que se está perdiendo Sean Penn...

La última víctima de los piratas informático-telefónicos ha sido Scarlett Johansson. Desde ayer circulan por la red dos autorretratos de la bella actriz desnuda. En una foto aparece con el pecho descubierto; en la otra se ven sus magníficas posaderas reflejadas en un espejo. No hay que ser demasiado experto para avistar el extraño encuadre de la segunda  foto (tal vez el FBI debería dejar de buscar al hacker en cuestión y centrarse en los malabaristas del Photoshop). Aún así, obviando la dudosa veracidad del material, ¿cuál es el motivo de esta nueva afición de las actrices por los estriptís caseros?

Vanessa Hudgens, Miley Cyrus, Selena Gómez, Demi Lovato, Jessica Alba y Blake Lively ya han sido “pilladas” antes; todas ellas en fotos supuestamente privadas con un denominador común: sexy sí, lasciva no. Los más crédulos pensarán que las cazan por ingenuas, porque no se dan cuenta de que en el mismo momento en que disparan la foto su intimidad ya navega por la red. Otros creerán que las chicas lo hacen por diversión, por echarse unas risas con sus novios, o empujadas por su innato exhibicionismo profesional. Los ateos, en cambio, tienen claro que todas lo hacen para publicitarse. Unas instantáneas de este tipo les ayudan a romper con la imagen angelical de chicas Disney y las catapultan al estrellato.

Lo cierto es que no ha habido ningún escándalo de índole erótica que no haya salido rentable para la carrera de su protagonista. Predecesoras como Paris Hilton o Pamela Anderson, cuyos traicioneros novios colgaron sus vídeos pornográficos en la red, conocen muy bien los beneficios de un robado. Sin embargo, todas ellas, grandes y pequeñas, tienen mucho que aprender de Demi Moore, la única estrella que deslumbra por sí misma en la red. Sólo Demi sabe cuán provechosa puede resultar la intimidad hogareña afinadamente expuesta en Twitter.

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La prostituta inmortal.

Edward Lewis y Vivian, dos seres muy parecidos: los dos joden por dinero.

La han emitido por televisión quince veces en diecisiete años (ocho en TVE, seis en Tele5 y una en Antena3). Desde 1994, con una media casi de una proyección anual, nunca ha bajado de los 3.400.000 espectadores. El domingo pasado, en prime time, Pretty Woman alcanzó una dignísima cuota de pantalla del 19%. ¿Qué tendrá la historia de Putanieves y el Príncipe que tanto nos engancha?

Casi todo el mundo coincide en apuntar que Pretty Woman es el cuento de la cenicienta moderna con todos los ingredientes para embaucar al espectador: romanticismo, una pareja de actores guapos, una banda sonora pegadiza y mucho, mucho riquismo (la suite del ático en el Regent Beverly Wilshire, el Lotus Esprit del 89, unlimited shopping en Rodeo Drive, Prince en la bañera…).  De ser así, ¿debemos concluir que la moraleja de este “peliculón” es: “aunque ahora lleves las botas agarradas con un imperdible, tú también puedes acabar comiendo caracoles en un lujoso restaurante”?

Si nos guiamos por la teoría de que la gente busca en las películas lo que les gustaría vivir, espanta pensar que la aspiración de las féminas actuales sea “ser rescatada” por un rico abogado de dudosa ética profesional (y coleccionista de divorcios). Cabe mencionar, además, que el guapo letrado es un putero (perdonen la ordinariez), cosa que todo el mundo pasa por alto.

Lo curioso del caso, es que el éxito incombustible de Pretty Woman es un fenómeno local: ¡sólo ocurre en España! ¿Será que nuestro país, como Hollywood, es tierra de sueños? Unos se hacen realidad y otros no, pero sigan soñando. Esto es Hollywood; siempre es hora de soñar, así que… ¡sigan soñando!

Ejem.

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Los Bardelinos.

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Gran “exclusiva” de ¡Hola! con fotos de archivo.

“Valoramos nuestra privacidad. Para nosotros es difícil aparecer en público aun cuando estamos acostumbrados a estar bajo mucha atención en España”, declaró hace pocas semanas un Javier Bardem pre-papá a la prensa norteamericana. Y añadió ”no somos Angelina Jolie y Brad Pitt.

En su afán por preservar esta privacidad que tanto afirman codiciar, el comportamiento de Penélope Cruz y Javier Bardem resulta cada día más ridículo. Si tanto desean ser tratados como gente corriente y pasar desapercibidos, ¿por qué no actúan como personas normales y dejan de montar penosos numeritos de pueblerinos venidos a más? ¿A qué viene este espectáculo de parir en el Cedars-Sinaí de Beberly Hills? ¿Qué es esa tontería de no revelar el sexo del bebé? ¿Y lo de contratar a un ejército de seguridad privada para la salida del hospital de Pe? ¿Sacarán al bebé vestido de fantasma como los malogrados hijos de Michael Jackson? ¿No sería más fácil hacerse la foto de rigor ante todos los medios e irse a casa tan tranquilos? ¿Y para qué demonios necesita el niño nacionalidad yanki si sus padres (y abuelos) son más castizos que la las castañuelas? Qué ganas de dar la nota… Ni siquiera los Becks se comportan con tanta vanidad.

Son ellos, sólo ellos, los que han generado este circo que les envuelve desde que iniciaran su tan hermético noviazgo. No ha habido nada “normal” en esta relación: un posado-robado en las Maldivas que confirmó su idilio en ¡Hola!; una lamentable llegada a la Gala de Los Premios Goya por separado; una boda secreta en las Bahamas (¡de lo más corriente!); ataques a la prensa española a través medios yankis; o una repentina confesión pública en el Festival de Cannes “Comparto esta alegría con mi amiga, mi compañera y mi amor, Penélope: te debo muchas cosas y te quiero mucho”. Muy cutre. Entre esto y ponerse a saltar en el sofá de Oprah no hay mucha diferencia.

No es necesario que Bardem vaya por los puestos proclamando que no son los Brangelina. Es evidente que ni por asomo se parecen. Pitt y Jolie tienen algo de lo que ellos carecen: ¡glamour!. Digamos que, entre otras cosas, hay un abismo entre el look desaliñado y marihuanero del Brad Pitt más hardcore y la guarrería cotidiana de Javier Bardem.

Lo de Penélope y Javier se acerca más al rollito estrella-hollywoodiense-que-vive-en-una-película-y-ha-perdido-todo-contacto-con-el-mundo-real. Lo suyo es, pues, más tipo Tom Cruise (ex-bf de Pe). Me pregunto cuánto tardarán los Bardelinos en hacer de su hijo la versión masculina de Suri,  tirarse al rollo de la Cienciología o si ya se habrán zampado un cacho de la placenta del bebé.

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Pelotas de Oro.

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Ricky Gervais. ¡Arde Hollywood!

La nueva década empieza con el fin de la inmunidad de las estrellas hollywoodienses. Tal y como sucedió anteriormente a las monarquías europeas, en la era moderna ya no existen celebrities intocables. Ni la sangre azul ni el glamour garantizan el cobijo de la mofa. Durante la 68º Gala de los Globos de Oro, el showman Ricky Gervais evidenció que hoy en día cualquier persona, por famosa que sea, es susceptible de recibir comentarios burlescos uncensured. Ya no quedan castas exentas de crítica.

Ricky Gervais, actor, guionista, músico y, sobretodo, comediante, consiguió ruborizar a la meca del cine con su sarcástica presentación en los Globos de Oro 2011. Con una sonrisa pícara y un magnífico guión, se lanzó a recitar verdades ante la creme du la creme del cine y la televisión estadounidense. Bromeó con el alcoholismo de Charlie Sheen. Insinuó, en presencia de Angelina Jolie y Johnny Depp, que su último film, The Tourist, es una porquería. Tildó a Cher de vejestorio. Se descojonó de los “efectos especiales” de Sex & The City 2 (“Vamos, chicas, ¡sabemos vuestra edad!”). Se cachondeó de la boda de Hugh Hefner con una pipiola 60 años menor. Se atrevió con el antisemitismo de Mel Gibson. Y sacó a relucir, con un par de pelotas de oro, la “posible” homosexualidad del divo Tom Cruise. TOUCHÉ! “Mis abogados no olvidarán esta broma”, apostilló.

Mientras algunos encolerizaban, otros aplaudían impertérritos y los perros viejos (léase Robert de Niro y Alec Baldwin) se descojonaban, Gervais prosiguió con su guión cuál granada sin seguro. Hubo hostias para todas las vacas sagradas del celuloide, pero lo cierto es que el humorista británico no dijo nada nuevo. No reveló ningún rumor que no supiéramos. Lo admirable es que el presentador tuviera la valentía de decirlo sin miedo a represalias, abiertamente, ante los “astros protegidos” del séptimo arte. Ojalá también aquí, en España, algún Risto Mejide de turno tuviera la oportunidad y osadía de presentar la Gala de los Goya con semejante libertad y espetar que Javier Bardem bruteja o que todavía no sabemos a qué se dedica Elsa Pataky (pedoneu, però #alguhohaviadedir).


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