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Pasajeros de altos vuelos.

Nacho Polo luce kit completo en Barajas: gorra, sunglasses, maletas logomanía e iPhone. Creyóse tan VIP que hasta solició protección policial (OMG!)

Los aeropuertos transforman a las personas; o, corrijo, las personas se transforman en los aeropuertos. Si se fijan bien, cuando la gente entra en una terminal sufre una mutación esperpéntica, como si, de pronto, se convirtiera en estrella del rock’n’roll. Incluso osaría afirmar que hay individuos que pronostican con antelación la muda que lucirán este verano en la puerta de embarque.

He observado que existe una especie de código deontológico entre viajeros. Son pautas de comportamiento secretas. Nadie habla de ellas. No están escritas en ningún manual. Nadie las transmite de generación en generación. Pero todos los usuarios las han interiorizado. Sus uniformes les delatan: grandes gafas de sol (en un recinto cerrado), gorras de béisbol o de cowboy (aunque su destino no sea, ni por asomo, Dallas), maquillaje circense o tacones de vértigo (incluso si viajan de Barcelona a Menorca) son algunos de sus complementos predilectos. No los visten a diario, en su pueblo natal; sólo se los calzan para ir al aeropuerto.

Con tantos adornos y condecoraciones, las colas en los puntos de control devienen quilométricas. Mientras unos resoplan, zapatos en mano, a la espera de su turno, otros paralizan la hilera despojándose de sus múltiples enseres de hojalata, montando el numerito entre execrables risitas y jactándose de ser el centro de atención.

En la mayoría de los casos se trata de gente corriente. Gente normalísima, como tú o como yo, cuyos menesteres invernales carecen por completo del glamour que pretenden emanar sus mudas estivales. Son decoradores, comerciales, periodistas u oficinistas que, a juzgar por la incesante vibración del móvil, en su período vacacional andan de lo más ajetreados. De hecho, sus asuntos son de tal vitalidad, que precisan encender el smartphone nada más aterrizar, seat belt still fastened

En los ochenta, cuando aún existían castas, esquiar y viajar eran cosas de ricachones. A principios del S.XXI, con el boom del ladrillo y la proliferación de la cultura “¡yupi!-yo-también-soy-rico”, el esquí, el tenis y el golf se democratizaron, dejando al polo como único deporte exclusivo de la jetset. Pero viajar, a pesar de popularizarse, ha logrado mantener una absurda esencia VIP. ¿Será por eso que la gente se disfraza de famoso para ir al aeropuerto?

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